Cicatrices

        

Hacía tan solo unos segundos que había dado la medianoche, un año nuevo acababa de comenzar, una noche que para aquella niña seria simplemente inolvidable, la familia reunida bajo un cielo oscuro rebosante de estrellas que titilaban con la esperanza de dar consuelo a tantos corazones que la observaban. 

Camila, al fin había permitido que unas lágrimas rodaran esas mejillas mientras el nudo en la garganta de pronto fue cada vez más intenso, había luchado todo el día por evitar ese embargo de emociones tristes y desolados, que tal vez acababan de ganar una contienda mas en tan agridulce vida. Al cerrar los ojos recordó que, esa misma mañana, Camila y su madre Emma llegaban a la terminal de ómnibus de la ciudad de Asunción.

El lugar estaba lleno de personas que iban de un lugar a otro, el olor a neumáticos de los colectivos se sentía en el ambiente, esto siempre le daba nauseas a Camila desde niña. Apresuradas las dos se dirigieron hasta el sanitario mas cercano con una maleta bordo a cuestas, Emma comenzó lavándose el rostro para refrescarse del calor y ocultar esa mirada enjugada de dolor que no podía demostrar ante su hija, recordaba las orientaciones del Sr. Benítez, el agente que le había vendido los pasajes de avión, así es, Emma, tenía planeado embarcarse a la madre patria como muchas otras paraguayas, en la búsqueda de un mejor porvenir.

El Sr. Benítez había sido muy claro con la vestimenta, por lo que Emma sacó del bolso una blusa de color aguamarina que resaltaba aquella piel morena, junto con unos pantalones beige que resaltaba aquellos glúteos, que a pesar de la llegada de las cuatro décadas permanecían firmes desafiantes a la ley de la gravedad. 

Camila simplemente observaba a su madre, siempre la había admirado y amado infinitamente, no había tenido tiempo de procesar todo lo que estaba pasando, después de todo nadie le había consultado su parecer. 

-Cami! - dijo de pronto Emma – saca las sandalias del bolso, nos queda poco tiempo. 

    En ese instante Cami tomó aquellas sandalias, que siempre le habían parecido tan bonitas y recordó los pasos torpes que daba cada vez que se le ocurría modelar con ellas frente al espejo, tratando de equilibrarse la mayor parte del tiempo.

Con ese calor insoportable, de pronto estuvieron en un taxi amarillo rumbo al aeropuerto Silvio Pettirossi, ambas escuchando atenta las indicaciones del Sr. Benítez, todo lo que Emma debía decir y hacer al llegar a Madrid. 

El ruido de los aviones cada vez más fuerte indicaba que se estaban acercando, Cami con un revuelo en el estómago miraba el paisaje por la ventanilla, había decidido ser fuerte, debía serlo, después de todo que otra opción tenia, ¿un milagro?

La frescura del ambiente indicaba que estaban ya en el aeropuerto, Emma con ese rasgo italiano ya parecía toda una europea, dando pasos seguros hacia un destino tan incierto, de pronto recordó la bendición que le había dado su madre antes de salir de aquella humilde casa hecha con madera y zinc, y paja, la cocina aun era de paja, de un suelo que con cada barrida se iba hundiendo más, en ese instante con una sonrisa en los labios soñó en la casa que ahora si podría construirle a su madre, sin que tenga que inundarse con cada lluvia.

Al llegar el momento del embarque, una voz repetía el número del vuelo, que madre e hija ya lo habían memorizado de tanto que lo habían verificado una y otra vez, no había margen de error permitido, no con una deuda a cuestas. 

Emma miró a Cami, y le dijo lo mucho que la amaba y que todo saldría bien, pasando su mano por el rostro de aquella niña que la miraba fijamente con una calma indescriptible, le dio un beso en la frente, y de pronto

- Cami dijo- mami, es hora- con esa voz suave y firme que la caracterizaba, entonces Emma tomó su bolso y se dirigió hacia aquella puerta de cristal que ni bien uno se acercaba se abría por si sola.

 Cami observó como aquella mujer esbelta de blusa aguamarina se alejaba y con ella tantos sueños se esfumaban, sacó del bolso un reloj rosa que indicaba al mismo tiempo que llegaba el momento de volver a la terminal para tomar el ómnibus que la llevaría a su ciudad de nuevo, por cierto de seguro estaba repleto de personas que anhelaban llegar a sus hogares para recibir el nuevo año con las personas que amaban, muy irónico pensó Cami, quien ese momento sintió que una parte suya se había roto con tan difícil despedida.

Ajerure ndeve Ñandejara eñangarekomi hagua ko che membyre1 - dijo la madre de Emma- al bendecir la mesa esa medianoche mientras observaba a su nieta con los ojos llenos de lágrimas.

Cami a tan corta edad recibía una herida tan profunda, su abuela la abrazó y la llevó con ella bajo la planta de mango que tenía sujeto una hamaca, ese lugar siempre la reconfortaba, las dos sentadas una a lado de la otra con la mirada al cielo, ese mismo cielo en el que Emma volaba esa noche.

De repente la madre de Emma rompió el silencio y le dijo a Cami poniendo su mano sobre el pecho sintiendo aquel corazón que latía tan fuerte- lo que hoy sientes aquí es una herida tan profunda, que tardará en sanar, pero sanará, se convertirá en una cicatriz que te recordará lo fuerte y valiente que has sido, y no será la última mi pequeña Cami, las cicatrices son la prueba de que hemos amado, y amar  puede llegar a ser tan doloroso cuando tenemos que dejar ir a quien amamos, amar es un riesgo todo el tiempo, pero sino lo hacemos qué sentido tendría vivir- le dio un beso con esos labios marcados con arrugas.

Ambas se quedaron contemplando el cielo de aquella noche, intentando mirar las estrellas entre las hojas de aquel árbol, que esa noche también decidió acompañarlas.




1Te ruego Dios que cuides de mi hija.


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